¿Te subirías a un avión sin saber a dónde va?

Jesús Cabrera


Durante el trayecto de tu casa al trabajo y del trabajo a tu casa tus días se empiezan a parecer entre sí, se repiten sin fricción, sin preguntas, sin pausa. 


Cumples tu horario, respondes mensajes, resuelves pendientes. Tu vida avanza, pero no se siente que vaya a ningún lado en particular y esto no genera un drama inmediato, genera algo más silencioso: Una sensación difícil de explicar, pero imposible de ignorar.


No es que falte gratitud. No es que falten razones para decir “todo está bien”. Precisamente por eso cuesta tanto nombrarlo. 


Porque, ¿cómo explicar que hay cansancio cuando no hay un problema claro? 


¿Cómo decir que algo no encaja cuando, en teoría, la vida funciona?


Así, sin darte cuenta, empiezas a vivir en piloto automático. Haciendo lo que toca en la casa, en el trabajo, en la vida. Y aunque siguen avanzando, por dentro aparece una pregunta incómoda que rara vez se dice en voz alta: si todo sigue así, ¿a dónde estoy yendo realmente?


Ese es el tipo de desgaste que no arreglas con descanso ni con vacaciones, ya que no es algo físico. Es como una sensación de estar dando vueltas, consumiendo energía… sin un destino claro al cual llegar.

No es una percepción personal, es un fenómeno humano estudiado

Este sentimiento de que la vida avanza sin una dirección clara, no es una intuición personal ni una queja moderna. Desde hace décadas, la psicología y la filosofía han señalado que una vida puede funcionar correctamente y aun así sentirse vacía cuando carece de sentido.


El psiquiatra Viktor Frankl llegó a esta conclusión en uno de los contextos más extremos que se puedan imaginar, como sobreviviente de los campos de concentración nazis, en el que a él y a otros prisioneros se les obligaba a realizar trabajos duros y repetitivos sin ningún propósito, como mover piedras de un lado a otro solo para volverlas a mover al día siguiente. 

Frankl notó que no era solo el sufrimiento físico lo que quebraba a las personas, sino algo más profundo, la sensación de que nada de lo que hacían tenía sentido. A partir de ahí desarrolló la logoterapia y habló del llamado vacío existencial, una forma de desgaste que no aparece como crisis, sino como apatía, cansancio interno y desorientación vital.

Décadas después, la psicología contemporánea llegó a conclusiones similares. 


El modelo de bienestar psicológico de Carol Ryff, identifica el propósito en la vida como uno de los pilares fundamentales del bienestar, independiente del éxito profesional, la estabilidad económica o la vida social. Cuando este componente falta, el malestar aparece incluso en personas cuya vida “está bien” desde fuera.

Esto explica por qué el vacío del que hablamos no se resuelve con descanso, vacaciones o más actividades. 

No es un problema de energía ni de motivación, mas bien es un problema de orientación. No falta movimiento; falta sentido. 

Y mientras esa pregunta no se mire de frente, la vida puede seguir avanzando… sin que sientas que estás llegando a algún lugar.

Movimiento no es lo mismo que dirección

Se suele confundir que vivir ocupado, avanzar, cumplir con todo, da la sensación de estar yendo hacia algún lado. 


Vivir así sin un lugar a donde ir es como un avión que está en el aire durante horas y, aun así, no acercarse a ningún destino.

En tu vida pasa algo parecido al trabajar en tu oficina, al estudiar en la escuela, al ir y venir entre la casa y la oficina, el movimiento está ahí aunque lo que falta es una dirección que le dé sentido a todo ese esfuerzo.

Cuando no hay una dirección clara, cada decisión se toma por inercia porque es lo que sigue. Eliges lo que toca, lo que sigue, lo que está en la línea de espera. Así, tu vida se llena de acciones, pero pierde coherencia porque hay actividad, pero no orientación.

Por eso el cansancio persiste incluso cuando descansas porque no se trata de recuperar energía, sino de entender hacia dónde estás yendo. Sin una dirección, cualquier avance se vuelve pesado, porque no sabes si te acerca o te aleja de algo importante para ti.

Lo peor es que el desgaste no viene de moverte demasiado, sino de moverte sin saber hacia dónde vas y mientras no seas consciente de ello, tu vida puede seguir llena de movimiento pero vacía de sentido.

Una vida sin un propósito es como un avión en el aire sin un destino a donde llegar.

Cómo se vive una vida sin dirección

La mayor parte del tiempo no se nota como un gran vacío desde el inicio, de hecho, aparece en cosas muy normales.


Por ejemplo, empiezas la semana esperando que llegue el viernes. Cuando por fin llega, solo piensas en descansar. Y cuando el lunes vuelve, la sensación es la misma. 

No es tristeza, es más bien la impresión de que el tiempo pasa y no sabes exactamente en qué.

Así que cuando tienes un momento a solas en el coche, en la ducha o justo antes de dormir, aparece una pregunta que no sueles decir en voz alta:

¿Dentro de unos años voy a seguir despertando, trabajando y volviendo a casa exactamente igual que ahora?

Desde fuera, tu vida se ve estable; sin embargo, por dentro algo no termina de encajar. No sientes que falten cosas, lo que sientes es que lo que haces no está conectado con algo que valga la pena a largo plazo.


Por eso, aunque pares unos días o te tomes vacaciones, no porque te falte energía o ganas de trabajar que hay de sobra, al poco tiempo todo vuelve a sentirse igual ya que lo que falta es una brújula interna que ordene lo que haces cada día.


En pocas palabras, este desgaste no aparece como una crisis que obligue a detenerte sino que hay que seguir adelante aunque no sepas a donde ni porque.


Una vida puede seguir avanzando, llenarse de logros, rutinas y movimiento constante, y aun así perder importancia cuando no hay una dirección clara que la sostenga.


El problema no es seguir caminando. El problema es caminar sin saber hacia qué. Porque cuando el movimiento se vuelve un fin en sí mismo, incluso lo que un día dio alegría termina perdiendo fuerza. No por falta de capacidad, sino por falta de sentido.

¿Qué pasa cuando el trayecto existe y el destino no?

Hasta aquí hay algo claro que la vida puede seguir avanzando sin romperse… y aun así desgastarse por dentro.

Y no, no porque estés haciendo algo mal. Más bien porque avanzas sin detenerte a entender qué estás viviendo.

Dicho de otra forma, te mueves, cumples, respondes, pero rara vez paras a mirar desde dónde estás viviendo todo eso.

Por eso la sensación se parece mucho a caminar en una banda eléctrica de aeropuerto. Das pasos, incluso avanzas más rápido que otros, pero no elegiste el rumbo. Solo sigues porque el suelo se mueve bajo tus pies o a conducir durante horas con el tanque lleno, el motor en buen estado y la carretera despejada sin saber a qué ciudad vas. 

Aquí es donde suele aparecer la confusión, frente a este movimiento eterno, casi todas las respuestas modernas apuntan a lo mismo más metas, más planes, más cambios. Como si el problema fuera que no te mueves lo suficiente.

Pero ¿y si el problema no fuera cuánto avanzas, sino desde dónde estás avanzando?


Esto no es una suposición ya que la psicología lleva años observando que avanzar sin una conexión interna clara no produce bienestar duradero. A este fenómeno se le llama adaptación hedónica, se presenta cuando te mueves, logras cosas, mejoras y al poco tiempo vuelves a sentir lo mismo.


De hecho, este patrón aparece incluso cuando alguien alcanza lo que, en teoría, debería ser el máximo éxito.


Michael Phelps, el atleta olímpico más condecorado de la historia, contó públicamente que después de lograr lo que durante años había sido su objetivo absoluto como ganar el oro, romper récords, llegar a la cima, apareció una sensación de vacío profundo.

Michael Phelps en los Juegos Olímpicos de Río 2016.

No porque hubiera fracasado, sino porque ya no había nada más que ganar. Su conflicto no fue no llegar, fue qué hacer cuando ya había llegado y eso no lo sostuvo por dentro.

Esto también te pasa en tu vida diaria.


Aunque en menor escala, te pasa algo muy parecido cuando trabajas por una meta, la alcanzas y sigues a la siguiente. Cambias de puesto, mejoras ingresos, cumples lo que te propusiste. 


Durante un tiempo se siente bien aunque luego esa sensación se diluye y vuelve la necesidad de moverte otra vez, de buscar algo más.


Y cuando la vida se vive así, sin comprensión, todo se vuelve provisional. Las decisiones se toman como quien va apagando fuegos. Hoy una cosa, mañana otra. Nada termina de sostenerse por dentro porque no hay un hilo que lo conecte todo.


Es como construir habitaciones sin haber pensado nunca para qué casa estás levantando. Hay esfuerzo, hay trabajo, hay progreso… pero no hay forma.

Por eso este tipo de vacío no se resuelve añadiendo algo nuevo. No se arregla cambiando de agenda, de trabajo o de entorno ni mucho menos orientarte mirando solo el velocímetro, sin nunca mirar el mapa.

Hay una razón por la que nada termina de llenarte

Si miras con detenimiento tu vida, casi todo lo que haces tiene la misma promesa implícita: “Cuando logre esto, entonces voy a estar bien.”

  • Cuando tenga estabilidad.

  • Cuando mi trabajo esté resuelto.

  • Cuando pague esta deuda.

  • Cuando llegue a cierta edad.

  • Cuando todo esté “en orden”.


Y muchas veces lo consigues.

Pero cuando consigues algo que llevabas tiempo esperando después de un rato, la emoción se apaga. Cumples esa meta y, casi sin darte cuenta, ya estás pensando en la siguiente. Miras tu vida desde fuera y sabes que “debería bastar”… pero por dentro sientes que algo falta.


No es que no disfrutes de tus éxitos o que no sea lo que esperabas.


Es que lograr esas metas te dieron una alegría que no se sostiene por mucho tiempo, así que vives persiguiendo pequeñas dosis de bienestar: logros, estabilidad, reconocimiento, seguridad, afecto. 

Que funcionan, sí, pero durante un rato.

El problema es que esa forma de felicidad se agota rápido.


No porque algo salga mal.

No porque llegue una crisis.

Sino porque está hecha para durar poco.


Sigues adelante esperando el siguiente pequeño alivio: El fin de semana, el logro, el descanso, el reconocimiento, la compra del nuevo celular, el finde que viene y cuando llega, se siente bien… pero solo un momento.

Luego se apaga, casi sin darte cuenta.

Entonces vuelves a empujar.

Otro objetivo.

Otro pendiente.

Otro “cuando pase esto, voy a estar mejor”.

Y así, aunque todo funcione, aunque la vida esté en orden, algo se cansa por dentro.

Es como llenar un balde con una pequeña fuga que no importa cuánto agua le pongas, nunca termina de llenarse.

Es justo aquí donde el Budismo hace una distinción clave.

Según las enseñanzas budistas, el propósito de la vida es encontrar la felicidad.

Pero no la felicidad entendida como gratificación, sino como algo que dé sentido a vivir.

El problema es que se confunde la felicidad con pequeños momentos que alivian, entretienen o distraen, un estado en donde todo funciona: 

Hay trabajo, rutina, responsabilidades, incluso logros y aun así, algo no encaja del todo.

No porque falte algo concreto, sino porque lo que hay no alcanza para explicar por qué estás viviendo así.

Por eso la gratificación se vuelve el motor silencioso, un descanso más, un plan más, una meta más, algo que rompa la sensación de repetición, solo que se siente bien un momento, pero no porque sea frágil, sino porque no está hecha para sostener el sentido de una vida.

El Budismo observa que cuando la felicidad no está conectada con un propósito claro, incluso una vida estable termina sintiéndose vacía o por sufrimiento, sino por falta de dirección interior.

La felicidad de la que habla no depende de que algo salga bien o mal, tampoco se apoya en logros, etapas o condiciones externas.

Y justamente por eso es tan difícil de explicar con palabras.

Es como intentar explicar con palabras cómo se siente el fuego a un niño de 1 año cuando nunca se ha quemado o explicar el sabor del kiwi a una persona que nunca lo ha probado.

Por eso, si sientes que tu vida avanza, funciona, pero no termina de tener sentido, no es que estés fallando, es que estás viviendo sin haber conectado todavía con el propósito que da estabilidad a todo lo demás.

En el Budismo, esa conexión se va comprendiendo, poco a poco, desde la vida que ya estás viviendo.


Y si quieres descubrir esa felicidad que no se acaba que no caduca al vivir una vida con propósito, únete a nuestro grupo de estudio en WhatsApp aquí.